lunes, 28 de mayo de 2012

QUÉ COSAS PASAN A VECES...

Cansancio es la sensación de que te fallan las fuerzas. Es abrir los ojos por la mañana y desear seguir durmiendo pues te cuesta mucho afrontar un nuevo día encerrada en esta etapa de aburrimiento y malestar. Es estar esperando una solución que se hace de esperar, que no llega, que no tiene fecha aún...

Cansancio es querer correr, saltar o por el contrario respirar tranquilamente y abandonarse al sueño sin preocupaciones. Es no poder recordar la última vez que pudiste sentarte sin cuidado, la última vez que te daba igual lo que estabas comiendo porque no te importaba si ibas a tardar más o menos en digerirlo.

Cansancio es no saber cuando vas a poder darte un baño relajante en el mar, pelear con las olas y tumbarte a secarte al sol, feliz y sonriente. Es la incertidumbre de si hoy vas a llorar o vas a tener un buen día, un buen día relativo que es "bueno" porque no acabarás llorando, como la mayoría de días. Es el dolor a pesar del optimismo; es la desesperación de llevar tanto tiempo soportando esa desesperación, ese dolor y ese optimismo un tanto a la fuerza.

Pero el cansancio tiene que tener su recompensa, empezando por aprender de ese cansancio y terminando con la esperanza de saber que el descanso, ese descanso merecido, llegará tarde o temprano. Y será un descanso disfrutado, vivido segundo a segundo; será un descanso maravilloso en el que no haré otra cosa que generar cansancio distinto al de ahora.

Qué ganas de estar cansada de cosas bellas... qué ganas de descansar de esta fealdad inoportuna y rebelde que apareció sin avisar y sin ser avisada... Qué cansancio tan cansado este... qué cosas pasan a veces...


Foto: Escaleras en camino de La Zenia a Cabo Roig.
A veces las soluciones vienen rápidamente como en rápidos ascensores.
Otras veces se nos presentan como largas escaleras que es mejor subir poco a poco.

martes, 24 de abril de 2012

UNA CARTA DE AMOR

No recuerdo cuándo fue la primera vez que te vi, pero si tantas segundas y terceras... Siempre tuve la certeza, desde muy niña, de que nuestros destinos (el tuyo de reina, el mío quién sabe) no estaban unidos; de que no estaría siempre a tu lado, porque quería experimentar lo que vivían aquellos cuyas miradas te volvían a contemplar tras regresar intermitentes a perderse dentro de ti buscando recuerdos de niñez y adolescencia...

No recuerdo cuándo fue la primera vez que te dije adiós, pero sí las últimas veces, despidiéndome poco a poco para sentir menos dolorosa tu ausencia, que sabía sería larga a partir de entonces.

Pasaste de ser el mundo a venirme pequeña después y ahora eres el mundo de nuevo, el mundo que yo conozco y añoro y al que volveré como una más de esos intermitentes que te miran como yo miraba que miraban ellos.

 Y me gusta mirarte así porque tú te lo mereces. Porque a pesar de lo que digan algunos eres única, como lo es cada patria para el exiliado, pero tú... tú más. Me gusta mirarte, si. Y me gusta hacerlo a través de mis ojos y a través de las palabras de los que te miraron mucho antes que yo.

Siempre me gustó imaginar historias y episodios de antaño, entrecerrando los ojos por tus rincones, buscando huellas de otros tiempos, con otros personajes pero el mismo aroma impregnando el aire, la misma luz cambiante con el paso de las estaciones... No sé si me recuerdas en silencio con un cuaderno en blanco en las manos, garabateando sueños apoyada en un noray, bañada por el mismo sol que reflejaban tus aguas. Pero yo sí recuerdo esos días y me hace feliz tener todas esas imágenes en mi mente, grabadas como las piedras que amparas bajo tus brazos desde hace siglos y milenios.

No podía ser de otra manera. Tenía que estar lejos de ti para poder amarte así como te amo pues a tu lado la rutina era la del "cariño, te tengo muy vista" y no la del "amor a primera vista" y además en la distancia actúan los filtros necesarios para que nos quedemos tan sólo con lo bueno, que en tu caso es abundante pero se difumina en la rutina del que te vive día a día.

Ignoro si notas que no estoy o si echas de menos mi presencia a tu alrededor. Pero si en algún momento lo hicieras, no tienes de qué preocuparte, ya que pienso volver muchas veces. Y de nuevo nos encontraremos en viejos y nuevos rincones y volveremos a escribir en aquel viejo cuaderno en blanco, juntas. Y te enseñaré otras cosas que escribí y viví (que es lo mismo para mí) en otros lugares. No te pongas celosa. No tienes por qué hacerlo. Pues el día que tenga que cerrar los ojos para no volver a abrirlos, me quedaré contigo para siempre, en tus brazos, dormida y callada pero feliz de haber nacido en tu seno.



Noray en el puerto. Cartagena, enero de 2007

viernes, 6 de abril de 2012

UNA SEMANA SANTA DIFERENTE

      Cartagena y Semana Santa son términos inseparables. Todo Cartagenero, en mayor o menor medida, tiene dentro de si mismo un alma procesionista. A veces se nos olvida que el que viene de fuera y no ha nacido en nuestra histórica cuna no puede entenderlo de la misma forma que nosotros. O quizá puede que lo entienda pero no puede "sentirlo" de la misma forma que nosotros lo sentimos.

       Así, cada primavera y con la llegada de la Semana Santa, miles de cartageneros errantes regresan a Cartagena para volver a patear sus calles atestadas de caras conocidas, a disfrutar no sólo de las procesiones sino de ese ambiente procesionista y "semanasantero" que se puede oler, palpar, oir, contemplar y hasta degustar en cada rincón de la ciudad. Porque el cartagenero que se ha ido lejos (y ahora lo vivo en primera persona) siente la inmensa necesidad de volver cuando es época de tambores, cuando el viento mece las capas de los capirotes y los balcones se visten de morado, rojo, blanco y negro.

       Aquí no hay banderas en los balcones y la gente ha emigrado al sur de la isla en busca de sol y de playa. La ciudad es preciosa y acogedora... pero me falta ese olor a Levante y el lejano sonido del pasacalles. Aquí nadie lucía esta mañana esa cara de sueño después de trasnochar para salir al encuentro de "la Pequeñica" y "el Nazareno" y no se escucha el eco de la Salve que los cartageneros aprendemos antes incluso de aprender a caminar.

       Cierro los ojos.

       Una niña va de la mano de su padre y cada paso que da éste son tres de la pequeña. Se sientan en sendas sillas de tijera  en la esquina de la calle del Parque, sillas que se suceden a lo largo del recorrido que antaño a la inversa tuviera la procesión del domingo de Ramos. Y la niña rie por dentro cuando el cobrador de las sillas pasa de largo. Porque ese año parece que verán la procesión sentados y sin pagar... Por allí viene una marea de hebreos con sus palmas y sus olivos mientras la niña se pregunta por qué el humo del tabaco que fuma su padre siempre va en dirección a ella y no parece obedecer al viento que vuelve a soplar como cada año (no en vano su madre lo llama "viento de Semana Santa") Y su padre le dice que abra la boca y que no se tape los oidos  cuando los tambores se paran delante de ellos, con la piel ajada y pareciera que a punto de romperse con cada golpe. Años más tarde será ella la que de ese mismo consejo a los que la sucedan como "el pequeño de la familia".

       Ahora es lunes. Y dos adolescentes callejean para seguir a "La Caridad Chica" por las calles de Cartagena. Llegan a tiempo para poder cantar la Salve junto a la puerta de un templo que hoy es basílica. Una es morena de piel y tiene el pelo rizado. La otra, melena lisa recogida en una cola y la piel blanca aunque ambas llevan una bufanda morada e insignias en la solapa de sus abrigos, pero sobretodo lucen el mismo brillo en los ojos. El brillo del que ve por primera vez lo que ha visto tantas veces...

       Martes Santo en el arsenal. Los mismos ojos contemplan desde la cubierta de un barco a San Pedro salir de su almacén. Y nos zambullimos en el mar para volver a emerger en el puerto y vamos corriendo hacia la plaza del Ayuntamiento. Ya es miércoles pero años atrás, y es otra vez aquella  niña pequeña la que observa desde los hombros ahora de su hermano mayor y a ratos de un amigo de éste "El lavatorio de Pilatos".

      Jueves. El silencio se rompe cuando del callejón de Bretau surge un "ejército" de granaderos marrajos. Pero la niña duerme en su casa y es despertada por su hermano poco después, de madrugada. Ambos se dirigen, cruz, mocho y bolsa de caramelos en mano, hacia calles que apenas ven el resto del año, haciendo un alto para tomar un vaso de leche en un bar (invita la casa, que esta noche inauguramos)...

       Viernes... ese viernes santo que pasa rápido y que es sólo noche. Calle del Carmen, en familia. Aquí viene el Cristo de la Agonía que es la fé de mis mayores...

      Sábado santo. Rampa de Santa María. Una penitente de 16 años, hachote de vela en mano. Es la primera vez que procesiona con capuz y sin problemas. No tendrá tanta suerte el año siguiente...

      Y así sin darnos cuenta llegó el domingo y luce un magnífico sol. Y el "Amor hermoso" escucha bajo palio (para resguardarla de la luz abrasadora) a su pueblo cantando la salve mientras unas palomas huyen al escuchar los cohetes que indican que se ha terminado la Semana Santa. Y los que somos procesionistas de verdad le damos a ese botón que llevamos dentro, el de la cuenta atrás que nos dice los minutos que quedan hasta el próximo año... hasta la próxima semana de Pasión....

      Recuerdos... tengo millones de recuerdos... Y espero seguir atesorando otros tantos en años venideros, cuando pueda por fin sumarme a ese grupo de cartageneros que vuelven a Cartagena para vivir una semana entera en sus calles.

       Y es que la Semana Santa de Cartagena se vive así, en los rincones de la ciudad. He visto ministros sentados en escalones, escritores debatiendo en terrazas con el vendedor de cupones y a futbolistas que cambian el balón por la vara de un trono. Así son los cartageneros. Así es nuestra semana Santa. Y así la vivo yo en la distancia, pero más cerca de lo que pensaba. Porque aunque más de 1700 km me separan de ella, no tengo más que cerrar los ojos para recordar y para imaginar lo que allí sucede, lo que se oye, se ve, se palpa y se degusta.

       Lo que se siente.


(Cristo de la Agonía y Virgen de la Amargura, viernes santo de 2007
en la Iglesia de Santa María de Gracia)

jueves, 29 de marzo de 2012

PROHIBIDO PROHIBIR

No lo entiendo. Por muchas vueltas que le de en mi cabeza, sigo sin entenderlo. ¿No dicen que la huelga es un "derecho"? Entonces ¿Por qué esas barricadas, los piquetes informativos, los contenedores quemados, las agresiones a los ciudadanos de a pie? ¿Por qué quiero sacar dinero del cajero y me lo encuentro empapelado? ¿Por qué el pobre peluquero de la esquina se ha encontrado esta mañana el candado de su comercio inutilizado?

Yo también tengo mi derecho, ¿no es cierto? Y tengo derecho a poder caminar sin que se me increpe "¿A dónde vas?" Tengo derecho a coger un taxi o un autobús para desplazarme donde me plazca. Porque entiendo que taxistas y conductores de autobuses quieran adherirse a su derecho a huelga. Lo que no entiendo es por qué muchos otros taxistas y conductores (por citar sólo dos ejemplos) no han acudido a su trabajo por miedo a sufrir daños materiales o personales de diversa consideración...

Si se respetara el derecho a NO hacer huelga, se podría hablar entonces de cifras reales, del número de personas que verdaderamente han ejercido su derecho (de lo más respetable) de hacer huelga hoy. ¿Cuánto nos costará esta huelga? ¿Cuánto habrá que invertir para sustituir todo ese mobiliario urbano estropeado? ¿Cuántos pequeños comerciantes y negocios familiares NECESITAN, así, con mayúsculas, el dinero que han dejado de percibir hoy por verse obligados a cerrar, temerosos de sufrir peores consecuencias?

Sinceramente, no lo entiendo. Y me da pena, mucha pena, darme cuenta de que aunque sean pocos, todavía queda gente anclada en el siglo XIX, o peor aún, gente que sigue viviendo en las cavernas. Y que conste que no me refiero a los huelguistas, sino a aquellos que aprovechan las huelgas para practicar vandalismo, para insultar y dejar salir todo lo malo que llevan dentro. Una pena.



(Foto: Bloomsbury, Londres, septiembre de 2011)

miércoles, 21 de marzo de 2012

LA PRIMAVERA Y EL MONSTRUO DEL LAGO "ILLNESS"



La primavera ha venido. Pero yo sí sé "cómo ha sido": Como cada año.

 Los cambios estacionales suelen ser difíciles y a menudo necesitamos un periodo de adaptación que unas veces suele ser más largo que otras. Hay quien no soporta esas etapas intermedias y lo pasa realmente mal. A mí, sin embargo, me encantan los cambios y las transiciones. De hecho, los necesito. Aunque vengan acompañados de "problemillas" y dolores; de esos "monstruos" contra los que debemos luchar hasta la extenuación.

Dicen que la primavera "la sangre altera" y no siempre para bien. Por suerte, somos más fuertes de lo que pensamos aunque se nos olvida o no lo sabemos y nos gusta quejarnos, llorar un poco y que nos mimen. Así es el ser humano.

Lo malo es cuando no hemos tenido o no tenemos o incluso tenemos la sensación (equivocada) de que no tenemos a alguien que nos cuide. Pero ¿y nosotros mismos? Si no sabemos sacar la fuerza que todos tenemos en nuestro interior para luchar por nosotros ¿cómo podemos sentarnos a esperar que la solución esté en los demás?

Primero empieza por adoptar una actitud positiva y deja que te cuiden pero cuídate tú primero y lucha ¡No dejes de luchar! Porque todos podemos ser héroes (Bowie dixit) y la sonrisa es nuestra mejor espada y nuestro mejor escudo.

Tengo en mi mente a unos cuantos que necesitan una bonita sonrisa en este inicio primaveral. Estas líneas van dirigidas a todos ellos. Ánimo, y que la sangre se altere... pero siempre sonriendo. La felicidad empieza cuando aprendemos a reírnos de nosotros mismos. Ríe y sé feliz.. aunque vislumbres entre las aguas la silueta del monstruo del lago "ILLNESS".

:D

Flor de almendro (campo de Cartagena)

lunes, 12 de marzo de 2012

ME GUSTARÍA QUE LA VIDA OLIESE A CAFÉ


Mamá, ¡cuánto te echo de menos! Hace un rato recordaba aquella frase que tanto os hizo reír a Abueli y a ti, cuando una tarde (podría ser Noviembre, a principios de los 80) entrasteis en la cocina y me pillasteis con la nariz metida en el tarro de café molido que suele haber en el armario.

-"¡Mmmmmmmmm! Me gustaría que la vida oliese a café... "

Y es que me encanta el olor del café antes de prepararlo. Es uno de mis aromas preferidos a pesar de no gustarme el café en sí.

Suelo presumir de memoria fotográfica pero a menudo olvido las cosas más importantes y sin embargo recuerdo aquellas otras a las que yo doy mayor importancia:

Las nimiedades, las imágenes cotidianas... esas escenas que suelen eliminar de los largometrajes para incluirlas más tarde en el dvd "edición coleccionista".

Por eso aquella "ocurrencia infantil" aún perdura en mi mente y en mi recuerdo y ahora soy yo la que río pensando en esa otra "yo" del pasado diciendo... aquella tontería.

Tontería o no... no parece una mala idea. La vida debería tener un olor que cautivara, un bonito aroma, como el de café recién molido o el de la tierra después de la lluvia, el de la higuera rebosante de frutos o las tímidas violetas que ahora están sobre mi mesa...

¿A qué os gustaría que oliese vuestra vida?

viernes, 9 de marzo de 2012

AZUL


Y mientras espero la inspiración, os dejo uno de los últimos poemas que escribí, hace años.




No es azul mi mar de dudas
ni el cielo en que tú resides.
Ni los ríos que en tus venas
fluyen raudos y salvajes.
No hay azul en tu mirar
ni en mis ojos al mirarte.
Y sin embargo, de azul,
vestí el alma al recibirte.
Azul, que tiñe de azul
mi eterno azul, el de siempre.
Ni añil, celeste o turquesa.
De entre todos los azul...
el azul que me interesa,
mi azul nuevo...
... es "azul TÚ"

(El mágico azul mediterráneo, entre La Zenia y Cala Capitán, en octubre de 2010)